martes, 25 de marzo de 2008
Se le quemó un puerto usb a mi computadora
Mis perros me avisaron que algo pasaba con la computadora, mientras yo andaba bobeando por otro lado, no salí humo ni nada, pero sí olía a cable quemado, espero que no le haya pasado nada a mi ipod, ni al disco duro externo que es de la oficina, lo mejor de todo es que no pasó a mayores, sólo que ahora tengo sólo un puerto bueno (creo) habrá que seguir usando la computadora a ver si todo está bien. En agradecimiento a Silvano y Daysi va este post (bueno a ellos les agradecí con unas puricarnes).
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¿Esto era lo que comentabas en el blog de Armida?
ResponderEliminarLa tarde estaba espléndida, fantástica. Le parecía inédita, mágica. Los pétalos del crepúsculo perfumaban el aire y llenaban de júbilo su corazón. Sus ojos cálidos gozaban de la pacífica lejanía y llameaban de poética admiración. Se sabía cómplice, partícipe de todo; de las pequeñas hormigas en su trasiego cotidiano, de la luciérnaga que se movía entre las hojas del rosal, de la tórtola que se oía entre las ramas de los cercanos árboles, de las golondrinas que surcaban el cielo sobre los tejados del pueblo que se apiñaban en la parte baja de la montaña… Gozaba de una vista inmejorable. Se conmovía, llenaba sus pulmones de oxígeno al acercarse a los labios las flores de jazmín que se abrían justo al lado de ella, en el arriate que bordeaba el patio soleado de aquella casa de campo donde pasaba con su familia casi todos los fines de semana. Ni siquiera el murciélago, que siempre le pareció tan lúgubre, conseguía sacarla de su éxtasis con su espontánea aparición. Todo le parecía tan único, tan concéntrico, tan enérgico, tan… ¡romántico! Cuántas veces quiso inventar una palabra para recoger y definir toda aquella cromática, aquel espectáculo, el cósmico sentir que florecía en lo más íntimo de su ser. Así era Verónica y así se hallaba aquella tarde, como tantas, sentada en la mesa de piedra que ocupaba un extremo de patio, bajo la enorme noguera que su abuelo, hacía ya mucho tiempo, había plantado tras comprar aquella casa. A ella le gustaba escribir, era su pasión, y aquellas tardes de junio la inspiraban de una manera especial. Con su mirada en poniente, con sus ojos como dos ventanas abiertas de par en par, se hallaba como digo sentada, entregada a la contemplación, cuando un coche que se acercaba la sacó de su abstracción haciendo sonar su escandalosa bocina, o claxon, como se quiera, de variadas notas; era el chico que venía a buscar a su hermana que al momento salió de la casa. Águeda era idéntica a ella, aunque sólo en el físico ya que eran gemelas, como dos gotas de agua, pero tan diferentes en su forma se ser y de sentir. Era quizás más práctica, más extrovertida, más enérgica… Parecía imposible que hubieran salido del mismo óvulo. Su risa espontánea, casi de escándalo, provocaba las iras de Verónica cuando ésta, pragmática y solemne, con su metafórica gramática, intentaba en vano hacerle comprender todo lo que su alma tan plácidamente experimentaba.
-¡Oh, Verónica, querida, -decía Águeda con su tono burlón, imitando a un recitador- dime, ¡qué tarde recordará tu cara, qué luz se acordará de tu mirada, qué brisa se acordará de tu pelo…! Ay, nena, pareces de otra época. Anda, regresa a este siglo.
-¡Por qué eres así! –se lamentaba Verónica.
-Es que lo tuyo es de órdago, hermanita, es tan utópico, tan…
-Qué diferentes somos siendo tan iguales.
-¡Ay! Yo tampoco lo entiendo.
Somos como homógrafos escritos exactamente iguales pero… ¡de tan distinto significado!
-Guarda para ti tu querida gramática, no me seas tan pánfila.
-Y tú… ¡qué poco agradecida eres! Parece que no te importe el mundo donde vives, este mundo tan… Nunca te oigo decir una palabra de admiración, de cariño, de agradecimiento, de amor a la naturaleza que nos da la vida… ¡No sientes nada!
-Cálmate hermanita, cálmate, no te enrolles más. Digamos que yo tengo otra táctica de vida. En cuanto al amor, no es más que una forma distinta de amar algo más… interesante. Tengo un régimen más nómada, menos anónimo, menos fantástico. Y soy correspondida al mismo tiempo… Tú, que presumes tanto de gramática, deberías saber que amor no es monosílabo, amor es cosa de dos… Ya sabes…
-¡Cómo es posible que no entiendas nada, Águeda!
-Pero qué es lo que tengo que entender. La vida es para vivirla, ¿no? pues eso es lo que se debe de hacer. A ver si te enteras ya y te dejas de bobadas.
-¿Bobadas? Anda, vete a la…
-Sí, a la disco, que ya me esperan como puedes ver. –dijo frotándose las manos.
-Eso, al ruido, a esa horrible música, al bullicio, eso es lo tuyo, pobre inconsciente.
-Y muchas más cosas, hermanita. –Águeda seguía con su tono burlón- Deberías venir a vivir y dejar de escribir tanto pésimo versito.
-Si alguien buscara por aquí algo pésimo no lo encontraría en mis versos sino en tu estúpida risita.
-Bueno, tontita, te dejo con el ridículo y anacrónico semicírculo de tu querido horizonte. ¡Que te zurzan…!
Y Águeda echó a correr hacia el coche huyendo de la lluvia de ramas secas, y alguna que otra piedra, que Verónica le lanzaba en su arrebato de rabia. Aquellas escaramuzas no eran más que la prolongación de las continuadas riñas que acostumbraban a mantener desde muy niñas y que olvidaban pronto. En realidad, Verónica envidiaba en cierta manera la forma de ser de su hermana y lo mismo pensaba Águeda de aquella pureza de sentimientos, aquella dulzura de corazón, aquella sensibilidad que sin pretenderlo ostentaba Verónica. Cada una era el complemento de la otra, así lo pensaba su madre que sabía que en el fondo se querían como lo que eran, hermanas. Aquella tarde concluyó con la anotación de este poema, uno más que guardaría en su libreta sin saber muy bien por qué ni para qué, pero tenía que escribirlo:
Águeda,
si pusieras tu trémula sonrisa,
en este sol que se hunde entre rosas
para emprender la vuelta...
Si dejaras volar por esta brisa
ese pícaro gesto que te ensalza.
Si destronaras esa actitud égida, acémila.
Si dejaras morir esa cosecha
de tanta vanidad como te deja el día.
Si extendieras tus manos, hoy acérrimas,
al calor de un hálito callado,
impregnado de cosmos, no cosmética.
Si sintieras el justo dulzor
que injustamente falta a tanta risa infantil…
Si supieras, ay, Águeda, desnudar un momento
tu alma présbita y vestirla de un rayo de esperanza…
Si pudiera yo sentir tu corazón sin bálago
Si te acercaras a mí a través de todo, ay, Águeda,
no lloraría como estoy llorando.
Así anocheció un sábado más, con la paz de saberse lejos de la rutina del trabajo, del bullicio, de la ruidosa ciudad. Disfrutando de aquellas escapadas en la casa de los abuelos, en plena naturaleza; valía la pena sufrir las lentas colas y atascos para salir o entrar de aquella urbe cada vez más insoportable.
NO PREGUNTES DE DÓNDE LO SAQUÉ.
Buena salud a todos.
:S pues si hay que checar que no se haya quemado nada mas, pero supongo que solo usandola sabras. Mira !!!! que lindos perros y además saben que el olor a humo en una computadora no esta bien...saben de tecnología eh?.
ResponderEliminarHola José Luis
ResponderEliminarNo preguntaré de donde sacaste esto, que es bastante interesante, pero siento decir que no es al que me refería, ese es un poema llamado Pánfila esdrújula, está hecho sólo con palabras esdrújulas, es bastante ingenioso. Gracias por comentar :)
Hola Úrsula Amaranta: pues sí la verdad es que a estos perritos sólo les falta hablar, avisan muchas cosas, por ejemplo cuando suena el teléfono y no lo oigo, me avisan, Silvano "me regaña" cuando no abro la puerta rápido y en fin muchas otras cosas, son super inteligentes.
Prestame a tus perros... pensándolo bien mejor no por que me regañarían por que soy una despistada de lo peor. je je je llegué aquí por el blog de Úrsula... Saludos!
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